jueves, 18 de septiembre de 2014


Por fortuna el bebé está sano y fuera de peligro.

Fueron los vecinos quienes detectaron llantos de un bebé procedentes del interior de la tubería de desague. Alertaron entonces a la policía, que pudo observar que se trataba de los gemidos de un bebé. Los bomberos comenzaron a rescatarlo cortando la tubería en el tramo donde se oía el llanto, y a continuación lo trasladaron a un hospital donde procedieron a abrir longitudinalmente el tramo, con sumo cuidado para no herir al bebé.


A pesar de lo peligroso de la operación, el recien nacido pudo ser liberado no sin algunos cortes en la cara y extremidades, aunque sin que su vida corriera peligro. La madre del bebé reconoció a la policia tras su localización que dio a luz en el excusado de su vivienda. Los bebés aprenden el idioma estando en el útero, quizá alguien pueda explicarle como ocurrió.




Una niña que llora sangre en la India se ha convertido en un santuario santo , afirma el periódico The Sun. Según los informes, los médicos están desconcertados y se habla de milagro. Pero, ¿es cierto? parece ser que sí.

Tener lágrimas de sangre es una enfermedad rara, conocida como haemolacria. Por lo general es causada por la conjuntivitis severa o inflamación de la conjuntiva del ojo, si bien también puede ser causada por tumores, trastornos en el sangrado, lesiones del conducto lagrimal y por tuberculosis, explicó el Dr. Rachel Vreeman de la Escuela de Medicina de la Universidad de Indiana.



Pero lo extraño de éste caso es que los médicos no pueden encontrar nada malo en la niña, que ahora recibe abundantes ofrendas de personas que consideran el hecho como milagroso. Ella parece sentir bien: “No me duele. Me sucede cuando siento ganas de llorar”.

¿Podria ser hormonal?  “Las mujeres pueden tener pequeñas cantidades de sangre en las lágrimas durante la menstruación y el embarazo”. Sin embargo, la sangre es invisible, no como sucede en este caso en el que parece pintura roja.

Informes esporádicos en la literatura médica, como el caso de otro joven de la India en 1984, con el qué los médicos estaban tan desconcertados por tener lágrimas sangrientas que escribieron un articulo en una revista científica al respecto. En su caso, las lágrimas de sangre eran acompañadas de dolores de cabeza y vértigo.


Los médicos especulan pero el porqué o el cómo nadie lo sabe. Realmente esto deja libre la imaginación de cada uno, ya que podría tratarse de algún tipo de manifestación religiosa. De hecho, mientras no exista la respuesta científica del caso, podemos tomarlo como un milagro, aunque todavía los representantes religiosos no se ha definido al respecto.



SALUDOS.... Con el tiempo...te das cuenta
 que casarse
solo porque "ya me urge" es una clara advertencia de
que tu matrimonio sera un fracaso.

Con el tiempo comprendes que solo quien es capaz de
amarte con tus defectos, sin pretender cambiarte,
puede
brindarte toda la felicidad que deseas.

Con el tiempo te das cuenta de que si estas al lado de
esa persona solo por acompañar tu soledad,
irremediablemente acabaras no deseando volver a verla.

Con el tiempo te das cuenta de que los amigos
verdaderos valen mucho mas que cualquier cantidad de
dinero.

Con el tiempo entiendes que los verdaderos amigos son
contados, y que el que no lucha por ellos tarde o
temprano se vera rodeado solo de amistades falsas.

Con el tiempo aprendes que las palabras dichas en un
momento de ira pueden seguir lastimando a quien
heriste, durante toda la vida.

Con el tiempo aprendes que disculpar cualquiera lo
hace, pero perdonar es solo de almas grandes...

Con el tiempo comprendes que si has herido a un amigo
duramente, muy probablemente la amistad jamas volver
a ser igual.

Con el tiempo te das cuenta que aunque seas feliz con
tus amigos, algún día lloraras por aquellos que
dejaste ir.

Con el tiempo te das cuenta de que cada experiencia
vivida con cada persona, es irrepetible.

Con el tiempo te das cuenta de que el que humilla o
desprecia a un ser humano tarde o temprano sufrirá
las mismas humillaciones o desprecios multiplicados al
cuadrado.

Con el tiempo aprendes a construir todos tus caminos
en el hoy, porque el terreno del mañana, es demasiado
incierto para hacer planes.

Con el tiempo comprendes que apresurar las cosas o
forzarlas a que pasen ocasionara que al final no sean
como esperabas.

Con el tiempo te das cuenta de que en realidad lo
mejor no era el futuro, sino el momento que estabas
viviendo justo en ese instante.

Con el tiempo veras que aunque seas feliz con los que
están a tu lado, añoraras terriblemente a los que ayer
estaban contigo y ahora se han marchado.

Con el tiempo aprenderás que intentar perdonar o pedir
perdón, decir que amas, decir que extrañas, decir que
necesitas, decir que quieres ser amigo.... ante una
tumba..., ya no tiene ningún sentido...

Pero desafortunadamente....SOLO CON EL TIEMPO....

Y como aun es tiempo... mando muchisimos saludos a
todos.. para los que ya no estamos juntos, por todos
los momentos buenos y malos que nos toco vivir.. y a
todos con los que ahora estoy pasando momentos




Un día, cuando era estudiante de secundaria, vi a un compañero de mi clase caminando de regreso a su casa. Se llamaba Kyle. Iba cargando todos sus libros y pensé: "¿Por qué se estará llevando a su casa todos los libros el viernes? ¡Debe ser un "traga"!
Yo ya tenía planes para todo el fin de semana: fiestas y un partido
de fútbol con mis amigos el sábado por la tarde, así que me encogí de hombros y seguí mi camino.
Mientras caminaba, vi a un montón de chicos corriendo hacia él,
cuando lo alcanzaron, le tiraron todos sus libros y le hicieron una zancadilla que lo tiró al suelo. Vi que sus anteojos volaron y cayeron en el pasto como a tres metros de él. Miró hacia arriba y pude ver una tremenda tristeza en sus ojos. Mi corazón se estremeció, así que corrí hacia él mientras gateaba buscando sus anteojos. Vi lágrimas en sus ojos. Le acerqué a sus manos sus anteojos y le dije, "¡esos chicos son unos tarados, no deberían hacer esto!".
Me miró y me dijo: "¡Hola, gracias!" Había una gran sonrisa en su
cara; una de esas sonrisas que mostraban verdadera gratitud. Lo ayudé con sus libros.
Vivía cerca de mi casa. Le pregunté por qué no lo había visto antes y me contó que se acababa de cambiar de una escuela privada. Yo nunca había conocido a alguien que fuera a una escuela privada.
Caminamos hasta casa. Lo ayudé con sus libros; parecía un buen chico.
Le pregunté si quería jugar al fútbol el sábado, conmigo y mis amigos, y aceptó. Estuvimos juntos todo el fin de semana. Mientras más conocía a Kyle, mejor nos caía, tanto a mí como a mis amigos.
Llegó el lunes por la mañana y ahí estaba Kyle con aquella enorme
pila de libros de nuevo. Me paré y le dije: "Hola, vas a sacar buenos músculos si cargas todos esos libros todos los días". Se rió y me dio la mitad para que le ayudara.
Durante los siguientes cuatro años, Kyle y yo nos convertimos en los mejores amigos. Cuando ya estábamos por terminar la secundaria, Kyle decidió ir a la universidad de Georgetown y yo iría a la de Duke. Sabía que siempre seríamos amigos, que la distancia no sería un problema. Él estudiaría medicina y yo administración, con una beca de fútbol.
Kyle fue el orador de nuestra generación. Yo lo cargaba todo el
tiempo diciendo que era un "traga". Llegó el gran día de la Graduación. Él preparó el discurso. Yo estaba feliz de no ser el que tenía que hablar. Kyle se veía realmente bien. Era uno de esas personas que realmente se había encontrado a sí mismo durante la secundaria, había mejorado en todos los aspectos y se veía bien con sus anteojos. ¡Tenía más citas con chicas que
yo y todas lo adoraban! ¡Caramba! Algunas veces hasta me sentía
celoso...
Hoy era uno de esos días.
Pude ver que él estaba nervioso por el discurso, así que, le di una
palmadita en la espalda y le dije: "Vas a ver que estarás genial, amigo".
Me miró con una de esas miradas (realmente de agradecimiento) y me sonrió.
"Gracias" me dijo.
Limpió su garganta y comenzó su discurso: "La Graduación es un buen momento para dar gracias a todos aquellos que nos han ayudado a través de estos años difíciles: tus padres, tus maestros, tus hermanos, quizá algún entrenador... pero principalmente a tus amigos.
Yo estoy aquí para decirles a ustedes, que ser amigo de alguien es el mejor regalo que podemos dar y recibir, y a propósito, les voy a contar una historia.
Yo miraba a mi amigo incrédulo, cuando comenzó a contar la historia del primer día que nos conocimos. Aquel fin de semana él tenía planeado suicidarse.
Habló de cómo limpió su armario y por qué llevaba todos sus libros
con él; para que su mamá no tuviera que ir después a recogerlos a la escuela.
Me miraba fijamente y me sonreía. "Afortunadamente fui salvado. Mi amigo me salvó de hacer algo irremediable". Yo escuchaba con asombro cómo este apuesto y popular chico contaba a todos ese momento de debilidad.
Sus padres también me miraban y me sonreían con esa misma sonrisa de gratitud.
Recién en ese momento me di cuenta de lo profundo de sus palabras: "Nunca subestimes el poder de tus acciones: con un pequeño gesto, puedes cambiar la vida de otra persona, para bien o para mal. Dios nos pone a cada uno frente a la vida de otros, para impactarlos de alguna manera. Mira a Dios en los demás".
Ahora tienes dos opciones:


"Los amigos son ángeles que nos llevan en sus brazos cuando nuestras alas tienen problemas para recordar cómo volar"


El Serrucho

Siempre fue débil y tembloroso. Ahora, con sus catorce años, su aspecto blanquecino y su contextura casi ridícula por lo blanda y desgarbada, empezaba a despertarle algún sentimiento extraño hacia sí mismo. No tenía amigos, es verdad, pero en el colegio veía y lo veían, y a menudo era objeto de burlas por compañeros de su edad, con espaldas anchas y barbas incipientes que eran contundente testimonio de virilidad.

Fue encogiéndose cada vez más. Su miedo no aumentó ni disminuyó: era en él casi connatural y solamente se encogía y temblaba con él.

Las primeras noticias del monstruo del serrucho lo tomaron casi sin sorpresa: sus compañeros de curso los tenían acostumbrados a todo. Inventaban cualquier excusa para hacer gala de valentía y poner en evidencia el temor de las muchachas (también el suyo, lamentablemente y para mayor alborozo de los graciosos mastodontes). Ellos seguramente estaban detrás de todo esto. ¿Por qué esos muchachones fuertes y seguros, triunfadores en todo, le dolían tanto? Un día comprendió que le recordaban a su padre. Nunca lo había notado antes, tal vez porque antes eran aún niños y ahora, con una estatura mayor, una voz más grave y esa actitud prepotente que nunca comprendió en su padre, la asociación se le hacía transparente, casi inevitable. ¿Por qué su padre lo habría despreciado siempre? Era él el menor de cuatro hermanos, pero él era el único varón. Cierto día se enteró, sin querer, que su padre sólo esperaba ‘el machito’. Absurdamente se sintió feliz: él había sido esperado especialmente por su padre. Luego, fue descubriendo que su padre no lo trataba como él hubiera creído y querido. Un día le dijo: “marica, más me hubiera valido otra hembra a semejante marica...” Allí comprendió: él era la decepción final. Cuando el varón tan esperado llegó, no era lo que su padre hubiera querido. ¡Qué feliz sería su padre si su hijo fuera como sus compañeros de curso!. Eso lo llenaba de una rara melancolía que a veces derivaba en rabia. Al recordar esto, volvía a dejarse llevar por sus angustias secretas vividas por años en el Colegio.

Lo peor eran los recreos: allí todo estaba a disposición para las destrezas, las bromas pesadas, la sutil competencia varonil ante las chicas del curso, que lo miraban a veces con lástima, otras con algún sentimiento que él no sabía o prefería no definir... Allí también, en los recreos, las bromas sobre el monstruo del serrucho daban pie para poner en evidencia su fragilidad, su desmembrada arquitectura corporal, su poquedad...

Un día ocurrió algo que cambió su intuición primera: Daniel, el ‘patrón’ del curso, llegó desencajado. Contó que el monstruo del serrucho lo había atacado. ¿Una chanza de Daniel? Parecía que no, porque no bromeó con ello en ningún momento. A partir de ese día, una obsesión anidó en su débil cerebro y ya no se movió de allí: él descubriría al monstruo. ¿Una patriada personal para demostrarse a sí mismo y a los demás que no era tan timorato como parecía? ¿Un modo de ‘escapar para adelante’, ya que el monstruo había comenzado a llenarlo de un temor extraño que proyectaba su sombra hacia las noches, y que robaba su sueño o lo llenaba de extrañas imágenes?

No se detuvo a investigar los motivos. Una extraña vitalidad corría ahora por sus venas con un ardor frío. Comenzó a informarse más. Ya eran muchos los que lo habían visto. En general, no le daban tanta importancia (al menos, no le daban tanta importancia como él le daba, o como él hubiera deseado, en fin: algo sufría en él cuando comprendía que no le daban al monstruo tanta importancia. Claro, cuando él lo descubriera, su triunfo sería mayor, su reivindicación social sería mayor cuanto mayor fuere el temor con que el monstruo tenía a todos acobardados). Supo que usaba una careta grotesca, que en la oscuridad aparecía como de leopardo, según algunos, como de un pobre diablo, según otros.

Desde que había decidido descubrirlo, sus antenas registraban todos los detalles y sus manos anotaban todo en un pequeño cuaderno que no mostraba a nadie.

Fue elaborando hipótesis que luego descartaba. Así pasaron por su mente sus compañeros de curso casi uno por uno. Menos Luis, casi tan infeliz como él mismo, y Raúl que tenía una extraña nobleza y nunca lo había mortificado directamente. Bueno, claro, sí indirectamente, porque Raúl era un ‘ganador’ en todo, y su misma presencia lo mortificaba... Pero eso era otra cosa. Él sabía distinguir. No, Raúl y Luis no. Menos aún cuando precisamente Raúl sufrió un ataque a manos del monstruo. Raúl tenía un rostro hermoso y varonil a la vez. A pesar de que solamente pudieron verlo luego de varios días, cuando ya la herida cicatrizaba, todos, pero especialmente las muchachas, se llenaron de espanto. Podría decirse que casi le abrió la cara en dos. Su mejilla fue ‘rehecha’ a duras penas y sin mucho éxito: ya nunca volvería a ser el mismo.

Un día sintió que se estremecía: ¡su padre! ¿No tenía acaso su padre una herrería al fondo, donde nunca lo dejó entrar, porque ese lugar era “para hombres y no para maricas”? ¿Y no andaba el monstruo con un serrucho? Él mismo había visto cómo su padre reía y parecía disfrutar de todo lo perverso. Cuando le contaban cosas del monstruo parecía feliz. Era como si lo mirara a él. Sí: él sentía que su padre lo miraba como diciéndole: “marica, ¿tenés miedo? ¿No ves que esto es cosa de hombres?” Empezó a observar a su padre. Un extraño placer lo atormentaba pensando en ser precisamente él quien lo desenmascarara... ¿Por qué su padre salía siempre de noche? ¿Por qué ni siquiera su madre sabía dónde iba? ¿Por qué tantas veces, cuando volvía, oía llorar a su madre y hasta oyó varias veces que su padre la golpeaba? Claro, él nunca la defendió: se acurrucaba en un rincón de su camita y allí se quedaba. Ni siquiera lloraba, por temor a despertar contra él el enojo de su padre. Pero ¡claro!: ¿cómo no lo comprendió antes? Su madre conocía el secreto de su padre y por eso él le pegaba, para que callara. Por eso su madre no reía cuando contaban las andanzas del monstruo...

Desde que comprendió la verdad, la obsesión pareció ceder a otro sentimiento que nunca pudo definir. Era como un temor febril y un placer morboso. Observaba a su padre en todo momento. Sus gestos, sus fanfarronadas (que ahora le dolían menos que antes: él no era menos ya que conocía su secreto), sus movimientos, sus salidas.

Una noche soñó con el monstruo. Fue un sueño torpe, que parecía no tener relación directa con lo que había oído sobre el monstruo. Fueron imágenes confusas y de repente, el monstruo reía y él sentía que ya no podía huir de él. Estaba en sus manos y lo cortaba pero no con un serrucho: era algo así como una sierra de carnicería. Él veía con horror que su cuerpo era rebanado en rodajas gruesas, transversalmente, pero no sentía dolor ni se moría, solamente miraba impotente entre las manos poderosas. Allí lo vio con mayor claridad aún: eran las manos de su padre, era su indiferencia y su desprecio. Era él... Un grito sordo y largo hizo desvanecer las imágenes del sueño y se despertó oyendo, casi como un eco de la memoria, su propio grito... El sudor lo bañaba íntegro. La certeza, como un acero helado, abría su mente y se instalaba en el centro de su ser...

Aquella mañana de octubre, varios días después de aquel sueño revelador, sintió que su cuerpo se hacía trizas: su padre había sido encontrado descuartizado en un baldío. Era obra del monstruo, nadie lo dudaba.

Si el monstruo había asesinado a su padre, entonces el monstruo no era su padre... Sintió miedo. Por primera vez sintió miedo y decidió no seguir investigando.

No lloró por su padre, pero tampoco sintió alivio. No sabía lo que sentía. No sabía si aún sentía.

Esa misma noche, mientras en la habitación grande de la casa velaban a su padre, salió al patio. Allí, como en un extraño pacto consigo mismo, decidió renunciar a descubrir al monstruo.


En un rincón del patio, detrás de la herrería, quemó el cuaderno donde había anotado todos los detalles que iba ávidamente acopiando sobre el monstruo. En el aljibe profundo y abierto, rompiendo la paz de las estrellas que se ocultaban en el fondo, arrojó la máscara y el serrucho.



Se trata de dos hermosos jóvenes que se pusieron de novios cuando ella tenía trece y él dieciocho. Vivían en un pueblito de leñadores situado al lado de una montaña. Él era alto, esbelto y musculoso, dado que había aprendido a ser leñador desde la infancia. Ella era rubia, de pelo muy largo, tanto que le llegaba hasta la cintura; tenía los ojos celestes, hermosos y maravillosos..
La historia cuenta que habían noviado con la complicidad de todo el pueblo. Hasta que un día, cuando ella tuvo dieciocho y él veintitrés, el pueblo entero se puso de acuerdo para ayudar a que ambos se casaran.
Les regalaron una cabaña, con una parcela de árboles para que él pudiera trabajar como leñador. Después de casarse se fueron a vivir allí para la alegría de todos, de ellos, de su familia y del pueblo, que tanto había ayudado en esa relación.
Y vivieron allí durante todos los días de un invierno, un verano, una primavera y un otoño, disfrutando mucho de estar juntos. Cuando el día del primer aniversario se acercaba, ella sintió que debía hacer algo para demostrarle a él su profundo amor. Pensó hacerle un regalo que significara esto. Un hacha nueva relacionaría todo con el trabajo; un pulóver tejido tampoco la convencía, pues ya le había tejido pulóveres en otras oportunidades; una comida no era suficiente agasajo...
Decidió bajar al pueblo para ver qué podía encontrar allí y empezó a caminar por las calles. Sin embargo, por mucho que caminara no encontraba nada que fuera tan importante y que ella pudiera comprar con las monedas que, semanas antes, había ido guardando de los vueltos de las compras pensando que se acercaba la fecha del aniversario.
Al pasar por una joyería, la única del pueblo, vio una hermosa cadena de oro expuesta en la vidriera. Entonces recordó que había un solo objeto material que él adoraba verdaderamente, que él consideraba valioso. Se trataba de un reloj de oro que su abuelo le había regalado antes de morir. Desde chico, él guardaba ese reloj en un estuche de gamuza, que dejaba siempre al lado de su cama. Todas las noches abría la mesita de luz, sacaba del sobre de gamuza aquel reloj, lo lustraba, le daba un poquito de cuerda, se quedaba escuchándolo hasta que la cuerda se terminaba, lo volvía a lustrar, lo acariciaba un rato y lo guardaba nuevamente en el estuche.
Ella pensó: "Que maravilloso regalo sería esta cadena de oro para aquel reloj." Entró a preguntar cuánto valía y, ante la respuesta, una angustia la tomó por sorpresa. Era mucho más dinero del que ella había imaginado, mucho más de lo que ella había podido juntar. Hubiera tenido que esperar tres aniversarios más para poder comprárselo. Pero ella no podía esperar tanto.
Salió del pueblo un poco triste, pensando qué hacer para conseguir el dinero necesario para esto. Entonces pensó en trabajar, pero no sabía cómo; y pensó y pensó, hasta que, al pasar por la única peluquería del pueblo, se encontró con un cartel que decía: "Se compra pelo natural". Y como ella tenía ese pelo rubio, que no se había cortado desde que tenía diez años, no tardó en entrar a preguntar.
El dinero que le ofrecían alcanzaba para comprar la cadena de oro y todavía sobraba para una caja donde guardar la cadena y el reloj. No dudó. Le dijo a la peluquera:
- Si dentro de tres días regreso para venderle mi pelo, ¿usted me lo compraría?
- Seguro - fue la respuesta.
- Entonces en tres días estaré aquí.
Regresó a la joyería, dejó reservada la cadena y volvió a su casa. No dijo nada.
El día del aniversario, ellos dos se abrazaron un poquito más fuerte que de costumbre. Luego, él se fue a trabajar y ella bajó al pueblo.
Se hizo cortar el pelo bien corto y, luego de tomar el dinero, se dirigió a la joyería. Compró allí la cadena de oro y la caja de madera. Cuando llegó a su casa, cocinó y esperó que se hiciera la tarde, momento en que él solía regresar.
A diferencia de otras veces, que iluminaba la casa cuando él llegaba, esta vez ella bajó las luces, puso sólo dos velas y se colocó un pañuelo en la cabeza. Porque él también amaba su pelo y ella no quería que él se diera cuenta de que se lo había cortado. Ya habría tiempo después para explicárselo.
Él llegó. Se abrazaron muy fuerte y se dijeron lo mucho que se querían. Entonces, ella sacó de debajo de la mesa la caja de madera que contenía la cadena de oro para el reloj. Y él fue hasta el ropero y extrajo de allí una caja muy grande que le había traído mientras ella no estaba. La caja contenía dos enormes peinetones que él había comprado... vendiendo el reloj de oro del abuelo.



“Si ustedes creen que el amor es sacrificio, por favor, no se olviden de esta historia. El amor no está en nosotros para sacrificarse por el otro, sino para disfrutar de su existencia.”



Lo habían agarrado en flagrante delito de robo, y no existían circunstancias atenuantes que lo justificaran. A pesar de todas sus negativas no pudo evitar que la justicia lo mandara a la muerte.

Cierto, había tratado de mostrarse sereno y había logrado impresionar a sus mismos jueces. Todavía le quedaba un poco de humor, y decidió jugarse hasta la última carta. Trataría al menos de ganar tiempo, para vivir un rato más.

Cuando le leyeron la sentencia que lo condenaba a la horca, la escuchó con calma, y concluyó la sesión preguntado si tendría la oportunidad de expresar su último deseo. Era imposible que se lo negasen. Y así fue. Se lo concedieron, antes aún de averiguar de que se trataba.

-Quisiera — dijo — ser yo mismo quien elija el árbol en cuya rama tendré que ser ajusticiado.

Aunque la petición pareció a los jueces un tanto romántica para lo dramático de las circunstancias, no hubo inconvenientes en concedérsela. Le designaron un piquete de cuatro guardias para que lo acompañaran en el recorrido por el bosquecito de las afueras de aquella vieja ciudad medieval, en la que este suceso se desarrollaba conforme a las costumbres y procederes de la época.

Más de tres horas duró la caminata, que impacientó a todos, menos al interesado, que gastaba su tiempo desaprensivamente observando con superioridad e ironía cada árbol y cada gajo que podría ser su último punto de apoyo sobre esta tierra de la que se despediría en breve. Los miraba y estudiaba minuciosamente, para desecharlos luego casi con desprecio. No sería una miserable planta con tantos defectos la que tendría el honor de cargar con su partida. De esta manera fue pasando de árbol en árbol, hasta que hubo inspeccionado todos los posibles.

De nuevo ante el juez, expresó así sus conclusiones:

-¡Señor juez! ¿Quiere que le diga la verdad? No hay ninguno que me convenza.

Murió lo mismo. Y sin haber elegido.



Tengo dos amigos. Uno de ellos ha llegado a la convicción de que debería consagrar su vida a Dios. Pero todavía no ha encontrado ninguna congregación que lo convenza. El otro cree en el amor. Pero no cree en las mujeres.

Ingredientes:


4 Limones partidos en cruz
1 litro de agua
1 cucharadita de miel
1 diente de ajo "opcional"

 Preparación:

Pones a calentar el agua, cuando este hirviendo, le agregas los 4 limones partidos en cruz, y el diente de ajo, los dejas que se cosan unos 5 minutos mas, apagas la estufa, cuelas la preparación y lo endulzas con miel.

Esto lo debes hacer cuando ya no vayas a salir de tu casa, porque es te caliente, no te expongas a cambios de temperatura, de preferencia tomalo cuando vayas a dormir o si ya no vas a salir.


Si vas a dormir, envuelvete en varias cobijas, cobertores de pies a cabeza, por un lapso de 30 minutos, de modo que sudes un poco y veras que te sentirás mucho mejor.